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Curso de verano 2007

EL CAPITAL SOCIAL Y LAS TEORÍAS SOCIOLÓGICAS. BREVE HISTORIA INTELECTUAL DEL CAPITAL SOCIAL.

Antoine Bevort Conservatoire National des Arts et Métiers-CNAM. Paris. (Francia)

Resumen

La noción de capital social no es una innovación sociológica. Como pregunta sobre la relación social, esta problemática está por supuesto presente en los textos de los fundadores del pensamiento sociológico, antes de que apareciera la noción a partir de los años 1960 de manera bastante independiente y diversa de la pluma de varios sociólogos de ambos lados del Atlántico. Vamos a presentar aquí algunas etapas de esta "prehistoria" del capital social, antes de analizar cómo definieron y problematizaron la noción de maneras bastantes diversas cuatro sociólogos contemporáneos que se encuentran entre los teóricos más importantes del capital social.

La «prehistoria» del capital social

Incluso antes de ser citado, de aparecer como concepto, el capital social se inscribe en una tradición sociológica iniciada por Alexis de Tocqueville y su atención al hecho asociativo americano, prolongada por Max Weber y sus trabajos sobre las sectas religiosas o por los análisis de Émile Durkheim sobre las formas de solidaridad.

A. de Tocqueville figura en el primer rango de autores a los que se refieren los teóricos contemporáneos del capital social, como R. Putnam. Conocemos el interés que concedía el joven aristócrata francés al hecho asociativo que descubre en América y al papel que desempeñan las asociaciones en la democracia americana. En efecto, los países en los que «el estado social es democrático» y en los que «el individualismo» se desarrolla a medida que se igualan las condiciones, están amenazados por «el despotismo de los partidos o la arbitrariedad del príncipe» (Tocqueville, 1968, p.123). En esas condiciones, «está claro que, si cada ciudadano, a medida que se convierte individualmente en más débil y en consecuencia en más incapaz para conservarse aisladamente su libertad, no aprendiera el arte de unirse a sus semejantes para defenderla, la tiranía crecería necesariamente con la igualdad» (ibid., p. 279). Si, en las sociedades aristocráticas, los hombres no tienen necesidad de unirse para actuar, es «porque están retenidos fuertemente juntos». Por el contrario, en las sociedades democráticas, todos los ciudadanos son independientes y débiles; «no pueden casi nada por sí mismos y ninguno de ellos podría obligar a sus semejantes a prestarle ayuda». (ibid., p.280).

El desarrollo del hecho asociativo no sólo impide la tiranía, sino que permite que la sociedad evolucione. «Los sentimientos y las ideas no se renueva, el corazón no se ensancha y el espíritu humano no se desarrolla si no es mediante la acción recíproca de los hombres entre sí» (ibid., p.281). No obstante, el compromiso no se debe al hecho de que «la virtud es bella», se explica por la doctrina del «interés bien entendido». Los americanos «no niegan que cada hombre no pueda seguir su interés, pero se afanan en probar que el interés de cada uno es ser honesto». Según A. de Tocqueville, «el amor juicioso de ellos mismos les conduce sin cesar a ayudarse entre sí y los predispone a sacrificar con gusto por el bien del Estado una parte de su tiempo y sus riquezas» (ibid., p. 276). El tejido de las asociaciones «forma una multitud de ciudadanos normados, mensurados, moderados, previsores, dueños de sí mismos» ((ibid., p. 277). Este análisis de los fundamentos y la posibilidad de una sociedad democrática es capital en la problemática del capital social.

Si bien los análisis de Tocqueville son conocidos, la referencia a la experiencia americana de M. Weber es más rara. Las observaciones desarrolladas por Michel Lallement (2003) a partir de un texto de M. Weber titulado «Kirchen und Sekten» en la Christliche Welt (1906), son por eso de gran interés. M. Lallement muestra que M. Weber tiene un espacio en la genealogía del capital social. Las observaciones que siguen proceden de él. M. Weber desarrolla su análisis a partir de las lecciones que saca de su estancia al otro lado del Atlántico, estancia que realiza en 1904. M. Weber constata que en Estados Unidos el número de personas sin confesión es bajo, y que por otro lado es costoso. «Entre otros casos, he conocido personalmente, en una ciudad al borde del lago Erié, una parroquia formada casi totalmente por leñadores inmigrados de Alemania, cuya contribución anual a las necesidades de la Iglesia ascendía a casi 80 dólares y sus ingresos medios eran de 1.000 dólares. Todos sabemos que en Alemania unas exigencias financieras infinitamente menos grandes hubieran provocado un éxodo masivo de fieles fuera de la Iglesia» (Weber, 1964, p. 258).

Para explicar el elevado precio que están dispuestos a pagar los fieles para formar parte de una parroquia, M. Weber observa que la pertenencia religiosa de los ciudadanos, «está casi siempre presente en la vida social o profesional, que dependen de relaciones duraderas y de la buena reputación» (ibid., p. 259). La admisión en una comunidad, precedida por una minuciosa investigación, equivale a gozar de una garantía oficial de probidad moral. El nuevo miembro obtiene un label de calidad ética que puede favorecer su integración social y su éxito económico. Como señala M. Weber, ser admitido en una comunidad, es ser un «hombre hecho». A la inversa, «la exclusión de la secta por infracciones de orden ético significaba una pérdida de crédito en negocios y un desplazamiento social » (ibid., p. 262).

Al igual que A. de Tocqueville, a M. Weber le impacta más en general la importancia de las asociaciones para los americanos. Un «Yankee típico» no puede ignorar los clubs de su instituto o de su universidad, ni después los de su entorno profesional o de su ciudad... si no se quiere convertir en «una especie de paria» (ibid., p. 266). No obstante, observa M. Lallement, la tesis de M. Weber difiere de la de A. de Tocqueville. Para el sociólogo alemán, el hecho asociativo americano se trata más de la manifestación de prácticas religiosas que se van secularizando que del reflejo de la fuerza de conceptos propiamente políticos. M. Lallement subraya que M. Weber se acerca sin embargo a la interpretación de Torcqueville en la evocación al interés individual. «Las sectas puritanas, para lograr esta educación disciplinada, utilizaron los intereses individuales todo poderosos a nivel social de la estima de uno mismo. Estos móviles individuales y estos intereses personales se pusieron al servicio del mantenimiento y la propagación de la ética puritana burguesa» (ibid., p. 290).

Se unen a esta problemática los análisis de É. Durkheim sobre el papel de las corporaciones, expuestos en el prefacio en De la división del trabajo social. Según É. Durkheim, «Para que se pueda establecer una moral y un derecho profesional en las distintas profesiones económicas, es necesario que la corporación, en lugar de quedarse en un conglomerado confuso y sin unidad, se convierta, o más bien se vuelva a convertir en un grupo definido y organizado, en otras palabras, en una institución pública» (Durkheim, 1893-1986, p. VIII). En su análisis de los fundamentos de la solidaridad, nos encontramos la misma pregunta y una misma atención al fundamento de la unión social. «Si la División del trabajo produce solidaridad, no es sólo porque convierte a cada individuo en un cambista como dicen los economistas; es porque crea entre los hombres todo un sistema de derechos y deberes que nos unen los unos a los otros de manera duradera» (Ibid., p. 452).

Esta proximidad en el análisis se lee de manera aún más acentuada en un texto titulado «Una revisión de la idea socialista» (in Durkheim, 1975) que cita Pierre Rosanvallon, en su obra El modelo político francés, (2004, p. 273). Después de haber subrayado que «es el Estado el que, a medida que ha cogido fuerza, ha liberado al individuo de los grupos particulares y locales que tendían a absorberlo, familia, ciudad, corporación, etc.», E. Durkheim observa que «el individualismo ha ido en la historia emparejado con el estatismo». Al igual que A. Tocqueville, señala que el Estado se puede hacer despótico y opresor. «Como todas las fuerzas de la naturaleza, si no está limitado por ninguna potencia colectiva que lo contenga, se desarrollará sin medida y se convertirá a su vez en una amenaza para las libertades individuales». Concluye que esta fuerza social debe estar «neutralizada por otras fuerzas sociales que le hagan contrapeso». «Si bien los grupos secundarios son fácilmente tiránicos cuando su acción no está moderada por la del Estado, la del Estado, a su vez, necesita también estar moderada para continuar normal». Para conseguir este resultado, se necesitan en la sociedad «fuera del Estado aunque sometidos a su influencia, grupos más restringidos (territoriales o profesional, por el momento no importa) pero fuertemente constituidos y dotados de una individualidad y una autonomía suficientes para poder oponerse a las invasiones del poder central». Lo que libera al individuo no es la supresión de todo centro regulador, es su multiplicación, siempre que dichos centros múltiples estén coordinados y subordinados entre sí». (Durkheim, 1975, p. 171). El análisis de las condiciones en las que se articulan la sociedad civil y la sociedad política en las sociedades democráticas es capital en la reflexión sobre el capital social.

A. de Tocqueville, M. Weber y É. Durkheim, (y también hubiéramos podido incluir a G. Simmel) persiguen una misma pregunta que es central en la reflexión sociológica sobre lo qué constituye sociedad. ¿Qué hace que un grupo humano tenga capacidad para vivir y actuar en conjunto, para ponerse de acuerdo sobre una orientación común, un proyecto común o un destino común? Es por así decir la pregunta fundadora de las ciencias humanas, que formulan las teorías del capital social.

La historia contemporánea del capital social.

Como sabemos, si exceptuamos los textos de L.J. Hanifan(1) , para el cual el capital social son "esas substancias tangibles que son las que más cuentan en la vida cotidiana de la gente, es decir la buena voluntad, la camaradería, la simpatía y las relaciones sociales entre los individuos y las familias que forman una unidad social», la historia intelectual del capital social comienza en Estados Unidos en los años 1960 y después, de manera independiente, en Europa en los años 1980. Sin pretender aquí tratar de manera exhaustiva la historia de teorías del capital social, vamos a examinar cómo cuatro de los principales teóricos del capital social, Pierre Bourdieu, James Coleman, Ronald Burt y Robert Putnam, han problematizado la noción y cuáles son los principales temas que estructuran el debate(2) .

P. Bourdieu, en su corto artículo titulado «capital social, notas provisionales» publicado en las Actas de la investigación de ciencias sociales, define en 1980 el capital social como «el conjunto de recursos actuales o potenciales relacionados con la posesión de una red duradera de relaciones más o menos institucionalizadas de interconocimiento y de interreconocimiento, o, en otras palabras, con la pertenencia a un grupo como conjunto de agentes que no sólo están dotados de propiedades comunes (que pueden ser percibidas por el observador, por los demás o por ellos mismos) sino que también están unidos con conexiones permanentes y útiles» (Bourdieu, 1980, p. 2). El capital social está percibido sobre todo como un bien individual y su análisis se basa en la concepción interesada de las relaciones sociales. «La red de conexiones es el producto de estrategias de inversión social orientadas consciente o inconscientemente hacia la institución o la reproducción de relaciones sociales directamente utilizables» (p. 2). El capital social es, como el capital humano, fruto de una inversión estratégica de los individuos. P. Bourdieu da prioridad entre las formas sociales creadoras de capital social a instituciones, (« rallye, cruceros, cazas, veladas y recepciones»), lugares («barrios elegantes, escuelas selectas, clubs»), y prácticas («deportes elegantes, juegos de sociedad y ceremonias culturales») ejemplares de lo que él llama «los intercambios legítimos» (p. 3). Asimismo, las estrategias de concentración y apropiación aplicadas por los agentes, como los mecanismos de delegación y representación, ilustran los procesos desiguales y los efectos de dominación que vehiculan el capital social. Bourdieu no presta atención a la diversidad de formas de capital o a dinámicas de capital social aplicadas en los intercambios no legítimos. El capital social multiplica el efecto de dominación del capital económico y cultural(3) , y probablemente es por ello por lo que no ha sido objeto de investigaciones empíricas como las demás formas de capital.

Esta definición no deja de estar emparentada con la de J. Coleman (1988, 1990), que, según R. Putnam, incluye el capital social en la agenda intelectual al final de los años 1980, fundamentalmente en su artículo publicado en 1988 en el American Journal of Sociology. En su libro livre Foundations of Social Theory (1990), J. Coleman define el capital social como recursos de los individuos que facilitan su acción dentro de estructuras en las que se encuentran. «I will conceive of these social structures resources as a capital asset for the individual, that is a social capital. Social Capital is defined by it’s function. It is not a single entity, but a variety of different entities having two characteristics in common: they all consist of some aspect of a social structure and they facilitate certain actions of individuals who are within the structure » (p. 302). Se inscribe explícitamente en la corriente de la elección racional, al tiempo que subraya que el capital social es tanto propiedad de los actores como la caracterización de una estructura de relaciones. Las redes de relaciones crean obligaciones y expectativas recíprocas que dependen del grado de confianza mutua que exista dentro de una estructura social dada. Forman canales de comunicación informales capaces de hacer circular eficazmente las informaciones y, finalmente, hacer surgir normas y la seguridad de que éstas se apliquen. El capital social produce confianza que facilita las transacciones en los mercados y, de manera más general, la capacidad de la gente para trabajar junta. Es un factor favorable a la acción colectiva. Por ejemplo, garantiza la seguridad colectiva o el éxito escolar. Como el capital financiero y el capital humano (o cultural) de los padres, su capital social (relaciones efectivas entre padres e hijos, y entre hermanos y hermanas, al igual que las relaciones establecidas fuera de la familia) contribuye al éxito escolar de los niños.

Los trabajos de la sociología de las redes(4) representan un enfoque particular de esta problemática. La noción de capital social adopta sin embargo muchas veces un uso más restrictivo y crítico, sobre todo en los textos de R. Burt. Después del trabajo de Granovetter que analiza la importancia de las relaciones en la búsqueda de un empleo (1974), los de Berkman and Syme (1979) que muestran que la gente a la que "le faltan vínculos sociales y comunitarios tienen más probabilidades de morir que los que tienen contactos más extensos (citado por Kilduff y Tsai 2003, p. 3), el campo de aplicación de esta corriente tiene un importante desarrollo. Como formulan Martin Kilduff y Wenpin Tsai (2003, p.1-2) la hipótesis central de este enfoque es que «La red de relaciones en la que estamos empotrados puede tener importantes consecuencias en el éxito o el fracaso de nuestros proyectos». Según R. Burt (2000): «Social capital is a metaphor about advantage. (…) Social capital is the contextual complement to human capital. The social capital metaphor is that the people who do better are somehow better connected»(p. 3). Según Burt, todo el mundo comparte este punto de vista («a social capital metaphor in which social structure is a kind of capital that can create for certain individuals or groups a competitive advantage in pursuing their ends», p. 3). Sin embargo, los desacuerdos comienzan al preguntarse qué significa «better connected».

El análisis de R. Burt se asienta en una visión muy utilitarista de la sociedad y los individuos.«Society can be viewed as a market in which people exchange all variety of goods and ideas in pursuit of their interests. Certain people or certain groups do better in the sense of receiving better return to their efforts»(p. 2). Desde este punto de vista, es la noción de red la que precisa y define mejor esta idea de «mejor conexión». Para conseguir sus fines, los individuos efectúan intercambios mercantilistas y «Selecting the best exchange, however, requires that I have information on available goods, sellers, buyers, and prices. This is the point at which network mechanisms enter the analysis. The structure of prior relations among people and organization in a market can affect, or replace information».(p. 4). En consecuencia, R. Burt piensa que más vale concentrarse en estos mecanismos de red en lugar de tirar de la madeja de la metáfora. («rather than trying to integrate across metaphors of social capital loosely tied to distant empirical indicators»). Para este autor, «social capital is more a function of brokerage across structural holes(5) than closure within a network»(p. 1).

Refiriéndose a J. Coleman, el politólogo comparatista R. Putnam redefine y profundiza considerablemente las dimensiones individual y colectiva, privada y pública de la noción de capital social, que «se refiere a las relaciones entre individuos, a las redes sociales y las normas de reciprocidad y confianza que emergen de ello» (2000, p. 19). Abandona una visión estrictamente utilitarista de las relaciones y aborda el capital social ante todo como un recurso colectivo que forma un mecanismo «que tiene el poder de garantizar el consentimiento, la conformidad con el comportamiento colectivo deseable» (ibid., p. 288). El capital social ayuda por tanto a resolver estos delicados dilemas, tanto teóricos como pragmáticos, de la acción colectiva. El capital social engrasa los engranajes sociales que hacen que las comunidades puedan evolucionar suavemente. Hay que tomar conciencia de las diferentes formas en las que están unidos nuestros destinos. Produce confianza y reciprocidad. Cuando la gente tiene confianza y es digna de confianza, la vida cotidiana, las interacciones sociales son menos problemáticas y la acción pública más eficiente. Según R. Putnam, «Una sociedad caracterizada por la reciprocidad generalizada es más eficiente que una sociedad desconfiada, del mismo modo que la moneda es más eficiente que el trueque» (ibid., p. 21). Entre las múltiples formas de vínculos sociales, formales, informales, profesionales, familiares, asociativos, etc., Putnam diferencia los vínculos «abiertos» («bridging», que hacen puente) de los vínculos «cerrados» («bonding» que unen a los iguales) (ibid., p. 22). A este respecto, se une y completa a Granovetter, que ya había subrayado la fuerza de los vínculos débiles. Los vínculos entre personas que evolucionan en círculos diferentes son más útiles que los vínculos fuertes que unen a mis allegados. Los vínculos fuertes son buenos para volver a las raíces, para reconfortarse (getting by), los vínculos débiles son buenos para avanzar, evolucionar (getting ahead). El capital social que une (bonding) actúa como una «cola» sociológica, el capital que enlaza (bridging) actúa como un «lubrificante» sociológico (ibid., p. 23).

Según R. Burt, cercano a la corriente de la NES, la New Economic Sociology, los enfoques de R. Putnam (al igual que los de P. Bourdieu) son demasiado «metafóricos» y pasan de largo el fenómeno central, el del «mecanismo» de las conexiones. Por supuesto, se trata de dos metáforas, la de las conexiones mecánicas y el mercado por un lado, y la de las relaciones sociales y las asociaciones (etc.) por otro lado. En la primera, la red es un medio de intercambio para realizar los intereses de los individuos (y se percibe a la sociedad como un mercado); en la segunda, la red es un conjunto de relaciones sociales (intercambios de conflictos, de poder y de cooperación) movilizables para los fines colectivos. En la primera circula información útil, en la segunda circula la información pero también normas y sentimientos. Según los tipos de intercambios (relaciones), el contenido de las tuberías representa configuraciones muy diferentes de estos diferentes elementos.

Para L. Boltanski y E. Chiapello (1999, p. 228), la ambición del programa fuerte de la sociología de las redes es «describir todos los procesos sociales teniendo únicamente en cuenta el número, la forma y la orientación de las conexiones (con independencia de cualquier característica vinculada a aquellos entre los cuales se establecen estos vínculos)». Como observan Putnam y otros, todas las relaciones no tienen el mismo valor. Algunas son verticales (jerárquicas), otras son horizontales (igualitarias), y las relaciones de la socialidad primaria no tienen las mismas características que las de la socialidad secundaria, hay vínculos fuertes y vínculos débiles… En La logique de l’honneur, de Iribarne (1989) pone de manifiesto que no se intercambian informaciones del mismo modo en organizaciones marcadas por la lógica del honor, los intercambios entre iguales ni tampoco por el consenso. Cuantificar el número de relaciones sin especificar nada más que conexiones entre posiciones, supone una equivalencia de las relaciones y las posiciones que es falsa.

Sin negar el interés de los trabajos de la corriente de la sociología estructural, este programa de investigación reduce singularmente el punto de vista. Si el objetivo de la sociología de las redes es «comprender concretamente cómo la estructura frena los comportamientos al tiempo que emerge interacciones» (Degenne, Forsé, 1994, p. 7), como señalan M. Kilduff y W. Tsai, (2003, p. 112) los análisis estructuralistas tienen tendencia a pasar por alto la organización individual («individuel agency») y no consiguen articular cómo los actores constituyen y transforman las redes organizativas. En su corta pero brillante obra «Social Network and Organizations» (2003), estos dos profesores de gestión americanos proponen ampliar el punto de vista de la sociología de las redes y desarrollar un enfoque que ellos llaman «post-estructuralista». Sugieren interesarse por el modo en que «se mueve y cambia la tela de interpretaciones subjetivas de las normas, los valores y los comportamientos» (ibid., p.115), analizar el modo en el que los individuos cooperan para construir y mantener las redes que frenan (ibid., 113). Según ellos, hay que desconfiar de las «grandes narrativas» como «la representación, dominante en las ciencias sociales de un mundo compuesto por actores que buscan su beneficio personal» (ibid., 120). «La búsqueda de la única verdadera estructura subyacente debería dejar lugar al reconocimiento de la posibilidad de múltiples «verdaderas» estructuras y a la aceptación de la importancia de las percepciones subjetivas». (ibid., p. 125) En lugar de abordar la estructura de las redes como «un conjunto estable objetivo y concreto de redes», hay que hacer hincapié en «la fluidez, la subjetividad y el carácter efímero de las redes» (ibid., p. 126).

M. Kilduff y W. Tsai no citan a R. Putnam(6) , pero esta problemática ampliada, «post-estructuralista», de la sociología de las redes se articula con el enfoque que tiene Putnam del capital social, sobre todo cuando proponen adoptar el pluralismo de métodos, interesarse en el contexto cultural e histórico de las redes, reintroducir los atributos de los actores en el análisis de las redes e interesarse por las dimensiones cognitivas de las interacciones. En lugar de oponer los dos enfoques, se trata de combinar el análisis de los pensamientos conexionistas con un enfoque cognitivo, fundamentalmente en el análisis de las organizaciones, y considerar las redes y las normas no sólo como propiedades individuales sino también como bienes colectivos.

Referencias bibliográficas
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  • d’Iribarne, Philippe,(1989), La logique de l’honneur. Gestion des entreprises et traditions nationales, Paris, Le Seuil.
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Notas al pie
  • (1) Hanifan era a comienzos del siglo XX un responsable educativo en el oeste de Virginia. Como explica Putnam (2002, p. 19), en un artículo publicado en 1916, defendía la importancia del compromiso de la comunidad para el buen funcionamiento de las escuelas y evoca a este respecto la idea del capital social.
  • (2) Citamos aquí elementos de un análisis que ya ha sido parcialmente desarrollado en una nota crítica para Sociologie du travail (Bevort, 2003).
  • (3) Según François Héran (1988) «Las estructuras globales de la sociabilidad o el capital de relaciones se muestran suficientemente unidas al capital económico y demasiado unidas al capital cultural para que se pueda hacer de ello una dimensión autónoma de la vida social», citado por Forsé (2000, p 290).
  • (4) Para tener una representación detallada en francés de esta corriente de análisis estructurales del capital social, se puede leer el número especial de la Revue française de sociologie titulado Analyses de réseaux et structures relationnelles, études réunies et réalisées par Lazega, octobre-décembre 1995, XXXVI-4.
  • (5) «Por agujero estructural, R. Burt se refiere a la falta de relaciones entre dos personas relacionadas con otra tercera», Forsé 2000, p 289.
  • (6) Citan sus escritos de 1993 sobre Italia y su artículo «Bowling Alone» de 1995, pero no hacen referencia a los trabajos más recientes.

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